Tom se levantó precipitadamente y salió de la sala baja.

En el dintel de la puerta encontró a Paddy, un viejo servidor escocés que había visto nacer a miss Evelina Ascott, y no se había separado de ella jamás.

—Tom, dijo Paddy al encontrarse con el criado de confianza de lady Pembleton, hay dos hombres a la puerta, uno a pie y otro a caballo.

—¿Qué piden?

—Quieren entrar.

—¿Han dicho sus nombres?

—El jinete dice que viene de Perth.

—¿Y el otro?

—El otro no dice nada.

Tom atravesó la gran sala, el vestíbulo, el patio, y llegó corriendo hasta la poterna del puente levadizo.