Hacía un frío bastante vivo y el cielo estaba cubierto y lluvioso.

Antes de poner en movimiento las cadenas del puente levadizo, Tom abrió un postigo y miró hacia fuera.

El jinete esperaba con calma al otro lado del foso.

Tom no tardó en reconocer en él a John Pembrock y sacando entonces la cabeza exclamó:

—¡Ah! ¿sois vos?... Os esperaba.

Y en seguida mirando al hombre que venía a pie:

—¿Y ese hombre, dijo, ¿viene con vos?

—Es un pobre Indio, respondió John Pembrock, que me ha pedido limosna en el camino, y a quien he prometido hospitalidad por esta noche.

Tom arrugó el entrecejo.

—No hay sin embargo muchos Indios en Inglaterra, dijo, y a fe mía que jamás se ha visto uno en nuestras montañas,—Milady no tiene costumbre de albergar a gentes que no conoce..... de consiguiente voy a darle una corona, y con eso podrá ir a hospedarse allá abajo, en la aldea.