Y diciendo esto, Tom echó mano al bolsillo y arrojó por la rejilla de la poterna una moneda de oro, que fue a caer a los pies del mendigo.
John Pembrock era una especie de gigante y recordaba por su estatura y formas hercúleas los célebres montañeses escoceses cantados por Walter Scott.
No había acabado de hablar Tom, cuando Pembrock se inclinó sobre la silla, asió al Indio por los brazos, lo colocó delante de sí, y volvió brida súbitamente diciendo:
—¡Sois un hombre sin corazón!
Y volviendo para atrás, puso su caballo al galope, antes de que Tom estupefacto tuviese el tiempo de responderle.
Inmediatamente bajó este el puente levadizo, se lanzó afuera, y echó a correr tras John Pembrock gritando:
—¡Deteneos!... ¡deteneos!
Pero el doctor siguió a escape sin responder una palabra.
Solo se oían las herraduras del caballo, resonando sobre las peñas de la escarpada cuesta que conducía a la aldea.
Tom no se desalentó sin embargo.