A todo correr bajó también la empinada pendiente, llegó a la aldea, y entró en su única posada.
Allí se hallaba ya el pobre Indio, instalado en un rincón de la chimenea; pero John Pembrock había desaparecido.
Acababa de partir diciendo al posadero:
—Si Tom, el mayordomo de lady Pembleton, viene luego a buscarme, le diréis que yo no estimo a las personas faltas de humanidad, y que jamás me molesto por ellas.
Y en seguida había tomado el camino de Perth.
Tom se volvió tristemente a Old-Pembleton.
Un triste presentimiento le oprimía el corazón, y apenas entró se apresuró a subir al cuarto de milady.
Lady Evelina estaba echada en su lecho y parecía dormir profundamente.
Tom la llamó, primero en voz baja y luego con más fuerza.
Milady no se despertó.