—Sí.

—No creo que se halle acostumbrado a semejantes limosnas.

—Ciertamente que no: por lo común no recoge más que medio penique cuando tiende la mano. Y bien, veamos, ¿qué habéis notado?

—Al irse, os ha lanzado una mirada de odio.

—¡Oh! lo comprendo muy bien. Ese hombre es un malvado.

—Y en cambio, a mí me ha mirado de muy distinto modo, añadió sir Evandale.

—¿De veras?

—Si, me ha mirado afectuosamente.

—¡Bah!

—Y aun con cierta emoción.