Toda la flor y nata del condado se hallaba allí, y cada uno de aquellos apuestos galanes suspiraba al contemplar a miss Anna.

Es verdad también que miss Anna era en extremo hermosa. Tenía diez y ocho años, y a esto se añadía otra ventaja incontestable; y es que era muy rica, cosa bastante rara en una inglesa.

El que logrará su mano, alcanzaría no solamente la posesión de una beldad incomparable, sino también una de las herederas más opulentas del Reino Unido.

Esta joven era hija de sir Archibaldo Curton, baronet millonario y miembro influyente de la Cámara de los Comunes.

Sir Archibaldo, segundón de familia, se había expatriado en su juventud, pasando a las Indias, donde no había desdeñado dedicarse al comercio, aunque pertenecía a la aristocracia.

Había hecho una fortuna colosal, casándose luego con la hija de un nabab, que le había llevado otra fortuna, y de esta unión tuvo una sola hija, que era miss Anna.

La magnífica quinta de recreo de sir Archibaldo, que era casi una residencia real, se hallaba en el llano, a unas tres millas inglesas de la de lord William Pembleton.

Lord William y sir Archibaldo se vieron como vecinos y se visitaron con frecuencia.

Lord William acabó naturalmente por enamorarse de miss Anna, y esta se ruborizaba cada vez que veía al joven lord.

Un día al fin,—habría de esto seis meses,—lord William había hecho una visita solemne a sir Archibaldo, y le había dicho sin preámbulos: