Lo mismo sucedió respecto a la misiva que le enviara al nabab, y que habían escrito con gran misterio.
Así todos los nobles gentlemen del condado, y aun los que desde Londres perseguían a miss Anna con sus pretensiones, no habían perdido la esperanza, y la hacían una corte asidua mecidos por las más dulces esperanzas.
Miss Anna no alentaba ni desalentaba a ninguno, y entretanto tomaba parte en todas las diversiones que se improvisaban en su honor y que servían de pretexto para gozar de su compañía.
La caza, por otra parte, era su pasión favorita; e intrépida amazona, seguía a caballo a los más atrevidos cazadores, saltando con ellos los fosos y los vallados.
Además sir Archibaldo tenía también pasión por la caza, y dos veces por semana, al menos, convidaba a sus vecinos a alguna partida en sus magníficos bosques.
A una de estas reuniones ordinarias, era pues adonde acudían aquella mañana lord William y su hermano sir Evandale.
Ya hemos visto como el primero, al descubrir a miss Anna en medio de su brillante escolta de adoradores, había excitado a su caballo y salido al galope.
Sir Evandale, que se quedó algunos pasos de tras, dirigió a su hermano una ardiente mirada de odio.
La joven miss parecía más animada que de costumbre y su rostro estaba radiante de hermosura.
Al ver llegar a lord William se ruborizó de una manera bien visible, y tendiéndole la mano le dijo: