Y paralizó de nuevo al joven Evandale con su mirada dominadora.

En seguida, aquel miserable mendigo, desplegando una autoridad de maneras y de expresión y un lenguaje que nadie hubiera podido sospechar en él, al verle mendigar por los caminos; aquel mendigo, decimos, contó detalladamente a sir Evandale los amores misteriosos de miss Evelina y sir Jorge; luego la vuelta de este de las Indias, y en fin aquella noche terrible en que lady Pembleton había faltado, a su pesar, a todos sus deberes.

Sir Evandale le escuchaba temblando y empapada en sudor la frente. Lo escuchaba casi sin poder respirar, y cuando el Indio hubo concluido, dijo al fin reponiéndose, después de un momento de silencio:

—Pero entonces, sir Jorge fue.....

—Vuestro padre, repuso fríamente el Indio.

—¡Mi padre!

—El que también había soñado hacer de vos un lord.

—Y sir Jorge..... ha muerto, ¿no es verdad?

—Para todo el mundo, sí.

—¿Qué quieres decir?