Y en la historia que Nizam contaba bajo su supuesto nombre, no había de falso más que una cosa, el ataque del tigre en la pagoda de Wichnou.
Todo lo demás era verdadero.
Es decir, que atraídos por sus lamentos y por el olor de la sangre, apenas sir James hubo desaparecido, varios tigres se habían lanzado sobre él; pero aunque lo habían mal herido, no tuvieron tiempo para devorarlo.
La tropa de elefantes había hecho huir a los tigres precipitadamente.
Abandonado por el elefante blanco que lo sacara del bosque, en un campo cultivado, a orillas de un arrozal, sir Jorge había permanecido allí muchas horas privado de sentido.
Vuelto en fin en sí, se fue arrastrando como pudo, vertiendo aún sangre de sus heridas, hasta la choza de un Indio anciano que vivía fuera de la aldea.
Aquel Indio era un brahmin.
El brahmin consideró como un hecho milagroso el acto que había llevado a cabo el elefante blanco, y no titubeó en afirmar a sir Jorge que era Wichnou mismo quien, por uno de esos avatars, que le eran familiares, se había encarnado en un elefante blanco con el único objeto de librarlo de la muerte.
Esto era de consiguiente,—según el buen brahmin,—un llamamiento de Brahma a la verdadera religión, y en su opinión, el soldado inglés, así favorecido, debía abandonar patria y creencias, y consagrarse en adelante a la causa de sus hermanos los Indios.
Sir Jorge aparentó dejarse convencer y entrar en las miras del sacerdote indio, pues su objeto era de no aparecer de nuevo en Calcuta y de pasar por muerto. Esto se acomodaba con sus proyectos ulteriores.