Yo estaba sin dinero. Era necesario vivir en primer lugar, y en seguida reunir una pequeña suma que me permitiese costear el viaje a Inglaterra.

Mis horribles heridas llegaron a ser un objeto de curiosidad, y mi historia, hábilmente arreglada, sirvió de anuncio para enseñarme por dinero al público.

Al cabo de seis meses tenía bastante dinero para volver a Europa.

Me embarqué pues, y al cabo de otros seis meses de penosa navegación,—pues di la gran vuelta de África, en vez de pasar por el mar Rojo y Suez,—llegué en fin a Londres.

Durante muchos meses, mi única ocupación fue vagar por los parques, por los squares y por los alrededores del palacio Pembleton.

Algunas veces tenía la dicha de verte cuando te sacaba a pasear algún lacayo.

Aquí sir Evandale interrumpió bruscamente a Nizam.

—¡Esperad! exclamó.

—¿Qué? preguntó Nizam.

—Un recuerdo de mi niñez que asalta mi imaginación en este momento.