Rondé muchos días inútilmente por los alrededores, y la más cruel desesperación se apoderaba ya de mi alma, cuando una noche..... una noche oscura y fría, oí en medio del silencio el galope de un caballo que subía por las cuestas escarpadas del castillo.
Me acerqué entonces a un recodo del sendero, y el jinete pasó cerca de mí.
Tendí la mano y le pedí una limosna.
El viajero me dio una corona y me dijo:
—Tienes frío, ¿no es verdad?
—Frío y hambre, respondí.
—Ven conmigo, añadió, y encontrarás una buena cena al lado de un buen fuego.
—¿Dónde? pregunté.
—Allá arriba.
Y me señalaba al mismo tiempo las torres de Old-Pembleton.