—Os engañáis, le dije.
—¿Cómo pues?
—Las puertas de ese castillo no se abren jamás.
El desconocido se echó a reír.
—Ven conmigo, repitió. Tan cierto como me llamó John Pembrock, médico algo conocido de la ciudad de Perth, te juro que esas puertas se abrirán esta noche.
Yo le seguí entonces, pero, como lo temía, Tom no quiso dejarme entrar.
Entonces, ebrio de cólera, John Pembrock me tomó sobre su caballo, y volviendo riendas, me dijo al bajar a escape hacia la aldea:
—Esas gentes no tienen corazón. ¡Tanto peor para ellos!
En efecto, al día siguiente supe que tu madre había muerto.
—Y desde entonces, preguntó sir Evandale, ¿habéis permanecido siempre en el país?