diario de un loco de bedlam.

XIV

El calor era insoportable.

Serían las doce del día y el sol irradiaba sobre la tierra abrasada sus rayos perpendiculares.

La campiña estaba silenciosa y desierta.

Los pájaros habían cesado de cantar.

Los labradores habían abandonado el arado y habían entrado los bueyes en sus establos.

No parecía sino que la tierra de Escocia se hallaba bajo el ecuador.

Y sin embargo, a aquella hora y bajo aquel cielo inclemente, se veía una porción de gente acuadrillada, que caminaba con gran trabajo por un camino de herradura, donde sus pasos levantaban una nube de polvo.

Aquellos hombres, que iban encadenados de dos en dos, con los pies descalzos, la cabeza afeitada y cubiertos de harapos, eran presidiarios.