Triste convoy de ladrones y asesinos, condenados en los diferentes condados de Escocia y reunidos luego en la cárcel central de Edimburgo, eran conducidos en fin por etapas, bajo la custodia de tres capataces, hacia el puerto de Liverpool, donde debían embarcarlos para Australia.
Estos desgraciados caminaban lentamente, cubiertos de sudor y de polvo.
Unos se quejaban y gemían arrastrándose penosamente.
Los otros juraban y blasfemaban.
A veces sucedía que alguno de ellos, abrumado de fatiga, se echaba por tierra, y se negaba a marchar.
Entonces uno de los capataces levantaba su bastón y le apaleaba sin piedad.
El desgraciado exhalaba un grito de dolor y se volvía a poner en marcha.
—Teniente Percy, dijo uno de los capataces de aquella chusma, dirigiéndose a su camarada, que era evidentemente su superior, a juzgar por el galón que llevaba en la manga de su uniforme, teniente Percy, ¿no pensáis en que sería ya tiempo de hacer un pequeño alto?
—¡Ya lo creo! respondió el teniente. ¿Estáis cansado, John?
—Tengo los pies hinchados.