—¿Veis aquella línea negra al horizonte?
—Sí; es un bosque.
—A cuya orilla corre un riachuelo.
—Bien. ¿Es allí donde vamos a hacer alto?
—Sin duda. Y aun descansaremos allí hasta la caída de la tarde.
—¿En vez de avanzar hasta la aldea de Pembleton?
—Sí.
—¡Por vida mía! que no comprendo ese singular capricho, teniente!
—En efecto, John, tengo el capricho de ganar cien libras esterlinas y de haceros ganar cincuenta.
El capataz, estupefacto, se quedó mirando al teniente Percy.