—¡Hablad! hablad! dijo John; ¡cáscaras! cincuenta libras! no ganamos tanto por año.
—Cincuenta libras esterlinas, repitió el teniente Percy.
—Pero......
El teniente se sonrió y guiñó el ojo maliciosamente.
—Sois demasiado curioso, John. Un poco de paciencia.
Y el teniente Percy no pronunció más palabra.
Los presidiarios habían percibido también el bosque y lo miraban con ansiedad.
—¡Perra canalla! les gritó el teniente, no jadeéis así ni saquéis la lengua..... ¡un poco de ánimo! Dentro de un cuarto de hora descansaremos, y tendréis agua para apagar la sed.
Esta promesa reanimó a aquellos desgraciados.
Iban en número de ocho encadenados de dos en dos, y atados a una cuerda que les obligaba a ir en fila.