Detrás de la cadena marchaba una mula, que conducía por el ronzal otro capataz, y sobre la cual iba un hombre echado como un fardo.
Aquel hombre, que apenas tendría veinte años, era un pobre presidiario que habían tomado en el camino, sacándolo del hospital de la cárcel de Perth donde se hallaba.
Tenía el rostro embotado y cubierto de una lepra asquerosa, y su aspecto era tan repugnante, que el pobre diablo había venido a ser un objeto de horror, hasta para aquellos hombres degradados que eran sus compañeros de infortunio.
Cuando la cadena hacía alto, la mula se quedaba atrás, y nadie hubiera osado acercarse a aquel infeliz, pues había corrido el rumor entre aquella gente de que la enfermedad de su compañero era contagiosa.
El capataz se ponía unos guantes para darle de beber o de comer.
Por lo demás, aquel desgraciado estaba casi idiota y no hablaba una palabra.
¿Qué crímen había cometido?
Nadie lo sabía.
Todo lo que habían podido averiguar es que estaba condenado a la deportación por cinco años.
Los presidiarios llegaron en fin a la entrada del bosque.