—¡Alto! ordenó el teniente Percy.

Pero, en vez de detenerse, los presidiarios se precipitaron hacia el riachuelo, por cuyo álveo corría un chorro de agua.

Allí, echados por tierra, bebieron ávidamente, y después que hubieron apagado la sed, los capataces les distribuyeron algunos alimentos groseros, y el teniente Percy les dijo:

—Ahora, si tenéis sueño, podéis dormir a vuestras anchas.

Aquí permaneceremos hasta entrada la noche.

Con esto los desgraciados se acostaron dos a dos en la yerba a la sombra de los árboles, y media hora después todos dormían profundamente.

Pero el teniente Percy y su segundo el capataz John, no dormían por su parte.

Sentados en un ribazo, a notable distancia de aquella escoria humana, como ellos la llamaban, en vez de gustar las dulzuras del sueño, departían en voz baja.

—Sí, John, amigo mío, hay medio de ganar en el lindero de este bosque ciento cincuenta libras esterlinas..... ciento para mí, cincuenta para vos, decía el teniente Percy.

—¿Y qué hay que hacer para eso? preguntó John.