—No. Pero el veneno de esta víbora tiene una propiedad particular no menos terrible.
—¡Ah!
—Hace hincharse el cuerpo, y especialmente el rostro, que se cubre de una lepra asquerosa, al cabo de pocas horas, y el infeliz a quien el reptil ha inoculado su veneno, cae por más o menos tiempo en un completo idiotismo.
—Pero entonces, dijo John, ese desgraciado que viene en la mula, ¿ha sido picado por esa víbora?
—Sí.
—¿Y como ha sucedido eso?
—Muy sencillamente. El carcelero la deslizó en su cama la antevíspera de nuestra llegada a Perth. Ese pobre mozo era un vigoroso joven, sano de cuerpo y de espíritu; y ahora, ya lo veis, se ha convertido en un miserable idiota, cuya vista causa horror.
—Pero hay una cosa que no me explico, dijo John, ¿por qué el carcelero de Perth ha cometido esa mala acción?
—Con el fin de ganar también por su parte otras cien libras.
—Ahora lo comprendo menos.