—No lo sé aún, repuso Nizam; eso dependerá de los acontecimientos. Por lo demás pienso que los desgraciados que ahí conducís no estarán muy de prisa.
—¡Oh! Ya lo creo que no.
—Y que si encuentran descanso y que comer y beber en Pembleton, estarán muy satisfechos de permanecer allí un par de días.
—Sí por cierto, dijo Percy; con el tiempo canicular que hace sobre todo, esa canalla no marcha sino a palos.....
—Escuchadme, dijo Nizam interrumpiéndole; hay, allá arriba, cerca de Pembleton, y al lado mismo de la verja del parque una posada que linda con la carretera.
—¿Es allí dónde debemos detenernos?
—Sí. El posadero está ganado por mí. Albergará vuestros forzados en una cueva espaciosa, y dejará el resto de la posada para vos, vuestros compañeros y el desgraciado idiota que conducís en una mula.
—Perfectamente, dijo el teniente Percy. ¿Y después?
—Después, os lo repito, contestó Nizam, esperaréis allí nuevas instrucciones.
Y al decir esto, Nizam guardó cuidadosamente el canuto de hoja de lata, y se separó de aquellos dos hombres.