Los forzados seguían durmiendo.
En cuanto a su compañero, el pobre diablo que había sido picado por la víbora azul, ese estaba acostado sobre la yerba cerca de la mula, y lanzaba gritos inarticulados.
Nizam desapareció a través de los árboles.
Aunque ya viejo, el antiguo segundón de la familia Pembleton se conservaba fuerte y ágil, y así, apenas se halló fuera del alcance de la vista, se echó a correr a todo escape.
Corría saltando zanjas y barrancos, y atravesaba la maleza, como un gamo perseguido por una jauría numerosa y ardiente.
Así llegó sin detenerse hasta unas tapias bastante elevadas, tapias que formaban la cerca de la posesión de New-Pembleton.
Pero como el parque tenía muchas leguas de contorno, la quinta se hallaba bastante lejos de aquel sitio.
Nizam escaló la tapia con una agilidad increíble y, saltando al parque, continuó corriendo su camino.
Al cabo de un cuarto de hora, se detuvo algunos instantes para tomar aliento.
Después dio algunos pasos aún y se detuvo de nuevo.