Seguramente, a juzgar por sus movimientos, Nizam buscaba alguna cosa o esperaba una seña.

Pero de repente pareció despertarse su atención, y echándose precipitadamente entre unas matas espesas, se acostó en ellas boca abajo.

Aquella espesura se hallaba al lado de una de esas calles enarenadas que los Ingleses trazan circularmente en sus parques y jardines.

Nizam prestó el oído, escuchando atentamente un ruido lejano.

Este ruido se fue aproximando, haciéndose cada vez más distinto, y entonces pudo comprender que lo ocasionaba el trote de muchos caballos, y el roce de las ruedas de un carruaje sobre la arena.

Inmóvil y reteniendo el aliento, Nizam miraba a través de la espesura.

Así pudo ver un gran landó abierto, tirado por cuatro caballos, precedido de un postillón y seguido por dos lacayos con librea roja, sobre dos vigorosos poneys de Escocia.

El landó pasó muy cerca de Nizam, y este pudo ver que iban en él lord William, sir Archibaldo y su hija miss Anna, la prometida del heredero de Pembleton.

El supuesto Indio permaneció echado en tierra hasta que se alejó bastante el carruaje.

Cuando juzgó que se hallaba a gran distancia, se levantó cautelosamente y siguió su camino hacia la quinta.