Ya descubría a través de los árboles las torrecillas blancas y los ventanas ojivales, así como las blancas estatuas diseminadas en las avenidas, destacándose sobre los cuadros de césped y el verde follaje del fondo; cuando Nizam se detuvo otra vez y fijó cuidadosamente su atención.

Un joven se hallaba sentado en un banco delante de la casa, y parecía absorto en la lectura.

Nizam echó una mirada en su rededor y, en vez de emprender de nuevo su carrera, avanzó arrastrándose penosamente, como un hombre abrumado de fatiga.

De este modo, se dirigió hacia el joven que estaba sentado y leyendo delante de la casa.

Sir Evandale, pues, era en efecto este, oyó sus pasos y levantó la cabeza.

—Una limosna por el amor de Dios, dijo Nizam con voz doliente, alargando la mano.

Sir Evandale le dio una corona.

Nizam echó una mirada furtiva en su rededor.

—Creo que estamos solos, dijo por lo bajo.

—Sí. Unos han partido y los demás duermen la siesta.