Vanda temblaba como una azogada.
Pero no por ella, pues más de una vez había probado ya su heroísmo y su desprecio de la vida; sino por Rocambole, a quien amaba siempre, a pesar de haber renunciado hacía tiempo a su amor.
En esto trascurrían los minutos.
Minutos que parecían siglos en situación tan angustiosa.
—¡Oh! es demasiado largo! decían los otros.
—No, respondió Marmouset, la mecha es larga y arde lentamente; es necesario esperar que se consuma.
Y añadió volviéndose de repente:
—Echaos todos en tierra.
—¡Por qué? preguntó la Muerte de los Bravos.
—Porque la explosión va a haceros perder pie violentamente, y si esperáis ese momento, arriesgáis romperos un brazo o una pierna.