Todos obedecieron, excepto Vanda.
—Yo quiero ver lo que sucede, dijo.
Y continuaba siempre con los ojos fijos en Milon y Rocambole, que le aparecían en lontananza, en medio del círculo de luz que formaba la antorcha, como dos seres idos como a una pequeñez fantástica.
—¡Pues bien!... yo quiero ver igualmente, dijo Marmouset.
Y como Vanda, permaneció de pie.
Pero en aquel momento la mecha inflamada se puso en contacto con el barril.
Jamás explosión tan formidable había llegado a oídos humanos.
La conmoción fue tal que Vanda y Marmouset cayeron la faz contra tierra, violentamente empujados por una fuerza irresistible.
Mas tal era su fuerza de voluntad, que a pesar de tan terrible caída, permanecieron con los ojos abiertos.
¡Oh! milagro!