En lugar de la antorcha que alumbraba a Rocambole y a su compañero y que se había apagado bruscamente, apareció al otro extremo del subterráneo una luz argentada, redonda como la luna.

El barril de pólvora, al saltar como una mina, había al mismo tiempo echado la muralla para atrás y lanzado el peñasco hacia adelante.

Rocambole no se había engañado en sus cálculos: la galería había hecho el oficio de un cañon.

Aquella luz que brillaba a lo lejos era la del día, el día a orillas del Támesis.

Casi al mismo instante, dos sombras se agitaron en el suelo.

Eran Milon y Rocambole que, echados también violentamente a tierra, se levantaban vivamente.

La voz del capitán llegó a los oídos de Marmouset y de Vanda.

—¡Adelante! gritaba, adelante!

Y le vieron, así como a Milon, que se lanzaban a la carrera hacia el punto luminoso, es decir, hacia el orificio de la galería.

Los demás compañeros de Marmouset y de Vanda se habían levantado igualmente.