—¡Adelante! repitió Marmouset.
Y todos corrieron para ir a reunirse con Rocambole y Milon.
Pero en el mismo instante un ruido terrible, como si se desplomase todo el subterráneo, se dejó oír delante de ellos; una formidable columna de viento pasó sobre sus cabezas como una tromba..... y la luz blanca desapareció de golpe.
El suelo seguía temblando, como hacía algunas horas, y Marmouset que iba delante de todos, se detuvo bañada en sudor la frente.
Era la bóveda de la galería que se desplomaba de nuevo, amontonando enormes trozos de piedra que cerraban por segunda vez el subterráneo.
Un terror indescriptible se apoderó esta vez de los compañeros de Rocambole.
Las antorchas se habían apagado, y las más profundas tinieblas envolvían a Marmouset, a Vanda y los que los seguían.
La trepidación del suelo continuaba, y por momentos se oían crujidos sordos a corta distancia.
—¡Estamos perdidos! exclamó Vanda.
—¿Quién sabe? repuso Marmouset.