Su antorcha se había apagado, pero la conservaba en la mano.
—Ante todo es necesario ver, dijo.
Y sacando su caja de fósforos, encendió de nuevo la antorcha.
Los crujidos de la bóveda habían cesado, el suelo no temblaba bajo sus pies, y todo había vuelto a entrar en silencio.
—¡Adelante! repitió Marmouset.
—¡Adelante! gritó Vanda.
Polito llevaba en brazos a su amada Paulina, que se había desmayado de miedo.
Marmouset, con la antorcha en la mano, iba siempre al frente de la reducida tropa.
Así llegaron al sitio donde había estallado el barril, y pasaron sobre los escombros de la muralla.
Desde allí se veían las paredes de la galería destrozadas acá y allá por el paso del peñasco que había caído al Támesis.