—Sigamos adelante, dijo Marmouset.
Y continuaron avanzando.
En fin, a los pocos minutos, llegaron al paraje donde la luz del cielo había desaparecido de repente.
Un enorme peñon, todavía mayor que el primero, se había desprendido de la bóveda, y cerraba la galería formando un muro impracticable.
Marmouset y Vanda se quedaron mirándose, pálidos, mudos, temblando de emoción.
La misma pregunta venía a sus labios, y ni uno ni otro se atrevían a hacerla.
¿Qué había sido de Rocambole?
¿Había perecido acaso en aquel hundimiento?
¿O bien el peñon había caído detrás de él, separándolo de sus compañeros, pero dejándole tiempo suficiente para llegar al Támesis?
En fin, Vanda pareció salir de su abstracción y pronunció una palabra, una sola palabra.