—Sí, por el árbol que me sirve de escala.

Sir Evandale hizo un signo de asentimiento, y el fingido mendigo, respondiendo con un profundo saludo, se retiró por la avenida que conducía a la verja.

Aquella noche en efecto, sir Evandale se retiró temprano a su cuarto, y dejó abierta la ventana que daba al parque.

A la hora convenida, las ramas del árbol se entreabrieron, y Nizam saltó vivamente al alféizar de la ventana y de allí al cuarto donde el joven le esperaba.

—¿Lord William no ha vuelto aún? preguntó sir Jorge.

—No.

—Vamos pues.

Sir Evandale estaba pálido y temblando.

Al oír a Nizam, sintió una especie de desfallecimiento, y murmuró con voz agitada:

—¡Ah! no... no quiero!