—¡Imbécil! respondió Nizam, ¿no amas a miss Anna?

Estas palabras penetraron como un dardo en el corazón de sir Evandale.

—¡Vamos! dijo con voz sorda.

Y abrió precipitadamente una puerta que daba a una galería convertida en biblioteca.

Al fin de aquella galería había otra puerta que daba acceso al dormitorio del joven lord.

Los dos miserables se deslizaron sin ruido en aquel cuarto, y en seguida fueron a asegurarse de que nadie se hallaba en el gabinete contiguo.

Luego, sir Evandale se acercó al lecho de su hermano y levantó un poco las cortinas.

Entonces Nizam introdujo la lata entre las sábanas y la abrió.

En aquel momento se dejó oír un silbido.

La víbora se deslizó en el lecho, y volvieron a caer las cortinas.