—¡Oh! con toda mi alma!
—¿Y puedo yo saber, por hermosa que sea, si llegaré jamás a amar a la hija del nabab?
Y sir Evandale dejó escapar un suspiro.
Lord William tuvo entonces como un remordimiento de haberle hablado de su dicha.
—Querido hermano mío, le dijo, voy a acostarme. Las dulces emociones de este día me han dejado sin fuerzas. Buena noche.... y os pido de nuevo perdón.
—Voy a acompañaros hasta vuestro cuarto, dijo sir Evandale.
Y subió con él en efecto.
Las ventanas del dormitorio del joven lord estaban todas abiertas.
Sir Evandale quiso cerrarlas.
—¡Oh! dejadlas así, dijo lord William.