El joven lord se hallaba de pie, en medio del dormitorio, oprimiendo entre sus manos crispadas la víbora, a la que había ahogado.

Pero el reptil le había picado antes cruelmente en el rostro, y le corrían algunas gotas de sangre a lo largo de la mejilla.

Lord William estaba como loco. La sorpresa, el dolor, la desesperación, se pintaban en su semblante descompuesto por la cólera.

En fin, arrojó la víbora al suelo, y el criado la puso el pie encima aplastándola por completo.

Al mismo tiempo gritaba pidiendo socorro, mientras que el joven lord tiraba con fuerza del cordón de la campanilla.

A este ruido, todos los criados de la casa fueron acudiendo presurosos, y tras ellos no tardó en aparecer sir Evandale.

Lord William seguía gritando y decía con desesperación:

—¡Soy un hombre perdido!

Pasado aquel primer tumulto, pudieron al fin concertarse y corrieron a buscar al médico de la aldea.

Este llegó a toda prisa y declaró que la picadura era venenosa, pero no mortal.