Lavó la herida, la cauterizó y después de recetar un calmante, hizo que volviera a acostarse lord William.

Entre tanto, sir Evandale se lamentaba sin cesar, y atribuía aquel accidente a la imprudencia de lord William, que se había acostado con las ventanas abiertas.

Poco después se apoderó de este último una fiebre ardiente, y bien pronto se declaró un espantoso delirio, una especie de locura, y ya no pronunció el pobre joven más que palabras incoherentes.

Su rostro se hinchaba por momentos, y de encendido que antes estaba, se ponía amoratado, casi negro.

Sin embargo, tuvo aún una ligera vislumbre de razón, y pronunció el nombre de miss Anna.

—Que avisen a miss Anna y a sir Archibaldo, ordenó sir Evandale.

Uno de los domésticos partió inmediatamente a caballo.

Al apuntar el día, sir Archibaldo y su hija llegaron a New-Pembleton.

Miss Anna entró apresuradamente en la habitación, se acercó al lecho del enfermo, y lanzó un grito de horror.

Lord William estaba completamente desconocido.