La cabeza, horriblemente hinchada y ennegrecida, no presentaba ya rostro humano; la piel de las mejillas se desprendía en pedazos; la lengua estaba entumecida, los labios lívidos, y los ojos apagados.

El médico empezó a mover de un lado a otro la cabeza, y acabó por declarar que lord William estaba perdido.

Sir Evandale no pudo sufrir por más tiempo este espectáculo, y se alejó del cuarto del enfermo.

Acaso empezaban a acosarle los remordimientos o tal vez creía una catástrofe inmediata.

Salió al parque, deseando respirar con libertad y estar solo, y corría a la ventura, como un insensato, con la cabeza descubierta; cuando de repente saltó un hombre de la espesura y se le puso delante.

Aquel hombre era Nizam, que venía a él, sonriéndose de una manera siniestra.

—¿Y bien? exclamó.

—Me habéis engañado, dijo sir Evandale.

—¿Cómo y en qué? preguntó Nizam.

—Mi hermano se muere...