—Ya veis como yo decía bien, murmuró sir Evandale un poco conmovido; la picadura de la víbora azul es mortal.
—Te engañas.
—¡Ah!
—Este hombre no ha muerto de eso.
—¿Cómo?
—Se le ha echado dos gotas de ácido prúsico en un vaso de agua.
Sir Evandale no podía apartar los ojos de aquel cadáver informe, sino para contemplar a su hermano que yacía en una inmovilidad completa.
—¡Vamos! dijo Nizam, ayúdame.
Y aproximándose a la cama, descubrió a lord William y, cogiéndolo en brazos, lo extendió dormido sobre la alfombra.
Después, cambió la camisa del joven lord con la del presidiario, y cogiendo el cuerpo de este entre él y sir Evandale, lo colocaron en el lecho.