Los primeros albores del día luchaban con la claridad de una lamparilla colocada bajo un globo de cristal opaco, y los objetos aparecían indecisos en medio de aquella semioscuridad.

Miss Anna miró atónita a su padre, y dio muestras bien claras de la opresión que la dominaba aún.

Sir Archibaldo fue a abrir las dos ventanas, y después volvió hacia su hija.

Pero en aquel momento esta arrojó un grito terrible.

La mano del que creían lord William pendía fuera del lecho.

La joven cogió aquella mano, y al tocarla la rechazó con espanto.

Aquella mano estaba helada.

Sir Archibaldo se inclinó entonces sobre el cadáver.

—¡Muerto! dijo con estupor.

El grito de miss Anna había despertado a sir Evandale.