Allí pasó algún tiempo, esperando sin duda a alguno, cuando un espectáculo extraño atrajo de pronto sus miradas.

Una cuadrilla de hombres encadenados subía penosamente por la cuesta.

Delante de ellos iba el teniente Percy y el capataz John.

Detrás seguía una mula tirada por el cabestro, y sobre ella iba acostado un pobre idiota que apenas tenía semblante humano.

Sir Evandale se estremeció y volvió a otro lado la cabeza.

Un pastor que andaba por aquel sitio, se aproximó para ver de cerca la cadena de presidiarios, y dijo mirando a sir Evandale:

—Son unos pobres forzados que van a presidio, milord. ¡Infelices!... da pena verlos... pero el más infeliz de todos es el que va en la mula... ¡es leproso y loco!...

Sir Evandale arrojó una moneda de oro al pastor y huyó como un insensato.

Así bajaba corriendo por la pendiente de la colina, cuando oyó a su lado una voz burlona que le decía:

—¿Habéis venido a convenceros, milord, de que yo no falto a mis promesas?.....