La noche del mismo día, y después de la brillante recepción que siguió a la ceremonia nupcial, mientras que conducían a la joven esposa a su cuarto; lord Evandale halló medio de desaparecer por un momento, y bajó furtivamente al parque.

Nizam, el supuesto Indio, Nizam que se había llamado en su juventud sir Jorge Pembleton, había dado cita aquella noche a su hijo para felicitarlo.

El lugar de la cita era junto a aquel árbol donde Nizam había esperado tantas veces a sir Evandale.

Y sir Evandale, hoy ya lord y en el colmo de todas las dichas que ambicionaba, se había apresurado a acudir al llamamiento de su padre.

El cielo estaba despejado y diáfano, y la luna iluminaba con su argentada luz el parque y los jardines.

Lord Evandale salió cautelosamente de la casa, y dando la vuelta hasta llegar bajo las ventanas de su habitación, no tardó en descubrir a Nizam que le esperaba bajo el árbol.

Pero el supuesto Indio no se hallaba en pie como de costumbre.

Nizam estaba acostado en tierra y parecía dormir tranquilamente.

Lord Evandale lo llamó en voz baja, después con mayor fuerza, y esto repetidas veces.

Pero Nizam no respondió.