—Antes de todo, amigo mío, hay dos cosas que sería necesario saber.

—¿Cuáles? preguntó Tom.

—Primero, el nombre del teniente que conducía la cuerda de presidiarios.

—¿Y después?

—Y después de qué ciudad de Escocia venía el infeliz que se halla hoy enterrado en el panteón de la familia Pembleton, bajo el nombre de lord William.

—Tienes razón, dijo Tom.

El antiguo mayordomo tenía muchas relaciones en Londres.

Entre otras personas de todas clases, conocía a un famoso detective a quien Scotland yard, es decir la prefectura de Policía de Londres, había confiado siempre los encargos más delicados.

Tom fue a verse con él, y bajo la mayor reserva le confió el secreto de la existencia de lord William.

Y al depositar en él este secreto, le puso en la mano un billete de trescientas libras.