Este último partido le pareció más acertado, y tomó en seguida el camino de Escocia.

Fue primero a Edimburgo, después a Glascow, y en fin a otras ciudades menos importantes, tomando informes en todas ellas con una prudencia y una habilidad consumadas.

Así llegó hasta la pequeña ciudad de Perth.

Apenas empezó en ella sus investigaciones, cuando creyó haber encontrado las huellas de lo que buscaba.

Allí le hablaron de un acontecimiento misterioso e inexplicable, que había tenido lugar hacia la época a que él se refería.

Un joven del país, llamado Walter Bruce, había sido condenado, por robo con fractura, a cinco años de deportación.

Aquel joven se hallaba encerrado en la cárcel de Perth, esperando salir de un momento a otro para su destino, cuando por una singularidad inexplicable, había sido víctima de un accidente que no tenía ejemplo en el país.

Una noche se había acostado en perfecto estado de salud, y se había despertado al día siguiente dando gritos espantosos.

Acudieron a él, y lo hallaron completamente loco y con el rostro amoratado y cubierto de una lepra asquerosa.

Tom creyó reconocer en este retrato al desgraciado cuyo nombre buscaba; pero su esperanza se convirtió en certidumbre, cuando le añadieron que una cadena que pasó a los dos días, le tomó consigo a pesar de su horrible estado. Y como no podía marchar, lo habían atravesado sobre una mula donde conducían el bagaje.