Tom comparó las fechas y adquirió la convicción de que la salida de Walter Bruce de la ciudad de Perth, había tenido lugar cinco días antes de la pretendida muerte de lord William.
Conocido esto, no faltaba más que encontrar a Walter Bruce.
Tom volvió inmediatamente a Londres.
El antiguo y fiel servidor de la familia Pembleton no era rico, pues todo su haber consistía en dos o tres mil libras esterlinas, penosamente ahorradas durante su servicio.
Esta era una dificultad bastante grave, pero Betzy halló el modo de resolverla.
—Yo soy joven aún y bastante fuerte: de consiguiente puedo trabajar y ganar mi vida. Llévate el dinero.
Ocho días después, Tom se embarcaba para la Nueva Zelanda, llevando unas dos mil libras en letras y billetes, guardados en un cinturón de cuero.
Los primeros meses de la travesía fueron dichosos.
El buque que conducía a Tom dobló la punta meridional de América y entró en las aguas del Pacífico.
Pero un mes después de haber pasado el cabo de Hornos, naufragó cerca de la isla Tabor, yendo a encallar sobre un bajío, en una noche oscura y brumosa.