Tom había sufrido tanto durante la navegación, que se había quedado extremadamente flaco.

Este triste privilegio le salvó la vida.

Todos sus compañeros fueron devorados por los salvajes.

En cuanto a él, intentaron al principio engordarlo, pero no habiendo podido conseguirlo, se cansaron al cabo y lo dejaron vivir.

En cambio lo condenaron a los más duros trabajos, y así pasó cinco años en medio de aquellos negros, tratado con una crueldad inaudita.

En fin, un día, un navío inglés hizo escala en aquella isla maldita.

Los negros que vinieron a bordo a vender frutas, pescado y aceite de foca, contaron a la tripulación que había un blanco entre ellos.

El capitán envió a algunos hombres a tierra, y estos le trajeron al pobre Tom.

Aquel buque hacía vela para Australia y debía tocar en la Nueva Zelanda.

Tom cobró ánimo y creyó tocar al fin el término de sus esperanzas.