Los negros le habían dejado su cinturón, no encontrando en él más que papeles que no podían excitar su codicia; y de consiguiente tenía aún su dinero.

Un mes después, Tom, que había caído enfermo en esta nueva travesía y que, más que un hombre, parecía un fantasma, llegó extenuado a Aukland.

Allí descansó unos días y trató de reponerse, y después de escribir a su mujer, que sin duda le creía muerto, emprendió de nuevo sus pesquisas en busca de lord William, o más bien, del deportado Walter Bruce.

Después de muchos días de investigaciones inútiles, supo al fin que una centena de deportados que habían cumplido su condena, se habían trasladado a Australia en vez de volver a Europa.

Walter Bruce había también cumplido su condena tiempo hacía, pero ¿se hallaba por ventura entre ellos?

Esto es lo que Tom no sabía.

Sin embargo resolvió ponerse en camino para aquel punto, y se embarcó con dirección a Melbourne.

Ya allí, empezó de nuevo sus pesquisas.

Recorrió todas las tabernas, interrogó a los marineros y preguntó a cuantos deportados encontrara.

Ninguno de ellos pudo darle noticias de Walter Bruce.