Pero Tom no se desalentó por esto.
Había dejado a Melbourne, trasladándose a Sidney, y estaba alojado en una miserable posada, cuando hizo conocimiento con un Alemán que se llamaba Frantz Hauser.
Frantz se hallaba en la más completa desnudez.
Sospechando que Tom tenía algún dinero, le confió su situación desesperada, y le pidió algún socorro, añadiendo que había sido condenado injustamente hacía siete u ocho años, y deportado a la Nueva Zelanda.
—¿Habéis conocido a otro deportado que llamaban Walter Bruce? le preguntó Tom.
—¡Ya lo creo! respondió Frantz, fue un tiempo mi compañero, y me acuerdo que lo apellidábamos Milord.
Tom dejó escapar una exclamación de alegría, y tomando vivamente las manos de Frantz, le dijo:
—¡Hablad!... ¡hablad! decidme todo lo que sabéis de él!