—Sí.

—¿Y que es necesario hacer para eso?

—Acompañarme y buscar conmigo a Walter Bruce.

—¡Oh! acepto desde luego, dijo el Alemán.

—Y si lo encontramos, prosiguió Tom, tendréis además una gratificación de cincuenta libras.

—Siendo así, exclamó Frantz, estoy pronto a seguiros hasta el cabo del mundo.

Al día siguiente, Tom y Frantz Hauser se embarcaron en Sidney para Melbourne.

Justamente iba a haber una feria de ganado, y Tom y su compañero permanecieron en la ciudad.

Esperaron el primer día de feria, que debía prolongarse toda la semana, y entre tanto Tom recorrió todas las posadas y establecimientos públicos, y no cesó de pasear por las calles.

Pero por parte alguna encontró a Walter Bruce.