—Yo sirvo en una hacienda que está solo a algunas millas de la suya.

—¡Ah!

—Mañana me vuelvo, pues ya he vendido mi ganado. Si queréis venios conmigo.

—¿Y nos conducirás a la hacienda de Walter Bruce?

—Sí.

Tom no podía contener su alegría.

Instó para que se apresurase lo más posible el viaje, y al día siguiente, muy de mañana, emprendió el camino con Frantz y el antiguo deportado convertido en pastor.

En Australia se viaja aún lentamente y de una manera enteramente primitiva.

Los caminos se hallan apenas abiertos, y no se transitan sino a caballo o en carretas de bueyes.

Necesitaron pues nuestros viajeros diez o doce días, para recorrer las cien leguas que separaban Melbourne de los pastos donde Walter Bruce había establecido su habitación.