Al llegar a algunas millas de distancia, el pastor condujo a Tom a la hacienda de su amo.
—Mañana, le dijo, os conduciré a casa de Walter Bruce, pues lo que es hoy no podríamos llegar de día, y está el país infestado de ladrones.
Tom esperó pues hasta el día siguiente.
Pero apenas empezó a apuntar el día, se pusieron de nuevo en camino.
Tom estaba devorado de impaciencia, y preguntaba a cada paso si se hallaban aun distantes.
—No son más que las seis de la mañana y estamos todavía lejos de la habitación, dijo el guía, pero ya marchamos por las tierras de la hacienda.
En fin, a eso del mediodía, Tom descubrió a lo lejos una casa blanca y de aspecto gracioso, que se levantaba en medio de gigantescos árboles.
—¡Allí es! dijo el deportado.
Tom tuvo un momento de angustia y sus ojos se arrasaron en lágrimas.
—¿Querrá ahora volver a Europa? murmuró para sí.