—¿Y volverá pronto?
—¡Ciertamente! No puede tardar mucho.
—Entonces lo esperaremos, dijo Tom.
—Pero mistress Bruce está en la casa, añadió el chicuelo; podéis entrar.
Tom vacilaba en aceptar la oferta.
—Vaya, venid, dijo el antiguo deportado.
Y se adelantó hacia el interior siguiéndole los demás.
Algunos criados iban de un lado a otro por los patios y el jardín, y la puerta de la habitación estaba de par en par abierta.
Tom vio a su frente un ancho vestíbulo adornado con jarrones de flores, y en el fondo la elegante balaustrada de una espaciosa escalera.
Al ruido de sus pasos, se abrió una puerta a la derecha del vestíbulo, y una graciosa joven apareció en ella, llevando en brazos a un niño, a quien daba el seno.