—¡Tom! dijo, ¿os llamáis Tom?

—Sí, señora.

—¡Ah! Dios mío!

Y pareció vacilar y un temblor nervioso se apoderó de todo su cuerpo.

Tom prosiguió:

—Sí, señora, me llamo Tom, y comprendo por vuestra emoción que sir Walter os ha hablado de mí con frecuencia.

—Y me habla aún todos los días, respondió la joven.

Apenas acababa de decir estas palabras, se oyó resonar en el patio de entrada el ruido de los pasos de un caballo.

Tom se precipitó hacia aquel sitio.

El leal servidor no se había engañado: Walter Bruce era quien llegaba.